Volcán
“Lo pulido e impecable no daña.”

– Byung-Chul Han
Estamos en un momento en que no tenemos ganas de sufrir. Es entendible. Pero, ¿dónde queda lo real en ese intento por no herirnos?
Este proyecto indaga en la percepción de la identidad, la autoimagen y la salud mental desde una mirada íntima, empática y crítica. A través de la fotografía y la escritura, construyo un cuerpo de obra que explora los efectos de la hegemonía, la corrección, el juicio y la obsesión sobre la construcción del “yo”. Lo hago desde mi propia historia, con una voz que intenta aflorar luego de años de silencio.
La propuesta se estructura en cuerpos de trabajo articulados visual y discursivamente, abordando temas como la disociación, el pensamiento retorcido, la hegemonía corporal y la estética clínica. Es una obra que se pregunta: ¿Qué es lo normal? ¿Qué es lo torcido o lo que se quiere enderezar? ¿Dónde termina lo bello y empieza la herida?
Este trabajo es continuación del que inicié con FONDO, donde reflexioné sobre la idea de belleza en contextos urbanos post pandemia. Sin embargo, ahora me interno en capas más profundas, oscuras y viscerales de la psique y el cuerpo. Las imágenes, acompañadas por textos propios, funcionan como espejos distorsionados: fragmentos de pensamientos que no siempre encuentran su forma, pero que insisten en aparecer.
Siento que este proyecto marca un punto de inflexión en mi carrera. Durante años acompañé el archivo de mi abuelo, Antonio Massa, un obrero de la fotografía. Desde muy chica, su cámara fue también mi escuela. Junto a él, participé de la curaduría de sus muestras en la Fotogalería del Teatro San Martín, la Casa de América en Madrid, el Auditorio de Mar del Plata y la Legislatura porteña, así como en la edición de su libro y en la organización de su archivo infinito. Durante ese tiempo, mi mirada fue contenedora: miraba lo que él había visto.
Hoy, en cambio, elijo mirar hacia dentro. Este proyecto es mi forma de despegarme, de agradecer y de empezar algo propio.
Mi abuelo, que comenzó a sacar fotos a los 17 años y hoy tiene 90, me dio el lugar y el tiempo para que yo pueda hacer. Después de acompañar su historia, hoy cuento la mía: experiencias vividas… y otras por vivir.
Tuve que arder.
Tuve que hacer erupción para silenciar
Plantarme en la tierra como una piedra que decide no moverse más.

Después de una explosión, silencio.

No es la erupción, sino lo que quedó.
Raíz del dolor
Cenizas, piedras.
Mi cuerpo, el oculto, el que dolía. Es mio otra vez.
El fuego destruye, el fuego revela.
La araucaria —el árbol que una vez me nombraron— me acompaña como símbolo de resistencia. El volcán Batea Mahuida, en silencio, me enseñó que la calma también puede contener poder. La piedra me mostró que algo puede estar quieto… y aún así tener historia.
Cuando fui en el verano a conocer el volcán Batea Mahuida, pensé que iba a ser un día más. Había sol, hacía calor.
Nos dijeron que solo podías subir con camioneta, que tenía que ser 4x4.
Nos pusimos un poco nerviosos porque no sabíamos bien a dónde íbamos, pero sabíamos que era tierra mapuche.
No sé mucho de esa tierra, pero los mapuches decían que cuidaban ese lugar porque es mágico y poderoso.
Nos adentramos en el camino.
El camino siempre es hermoso. Eso es algo que deberíamos recordar siempre: hay que disfrutar del camino. Me lo digo mientras lo escribo.
Hacía mucho calor. Llegamos.
Ya no había señal, pero teníamos nuestras cámaras y el paisaje.
Tomás y yo pagamos una entrada para poder entrar.
Le explicaron el camino a él; yo me quedé en el auto esperando.
Me contó. Buscamos la historia para entender a dónde estábamos entrando y seguimos.
No había nadie.
Cuando llegamos a la base del volcán, solo dos ciclistas bajaban.
La subida era muy empinada. Pensábamos: ¿tenemos que subir por ahí con el auto?
La gente decía que se podía, así que confiamos.
Metro a metro nos acercábamos, y las cosas dejaron de parecer tan terribles.
De lejos parecía peor. (Otra cosa para pensar.)
Por fin llegamos arriba.
Muchas piedras secas. Varias apiladas, como en rituales que no entendí, pero me llamaron la atención. Finalmente supe que les llaman tótems.
Se relacionan con la protección, la guía en el camino, el equilibrio, las ofrendas a la naturaleza y la representación de deseos u oraciones.
Y cada tanto, entre tantas piedras, piedras, piedras, piedras… una flor.
No me gusta sacar fotos a flores. Pero esta significaba otra cosa.
Estábamos terminando el año. Como siempre, me gusta pensar qué significó lo que pasó y prepararme para lo que viene.
En ese momento, el mundo era eso: cómo me sentía y qué iba a ser de mí en el próximo tiempo.
Y ahí sentí que el volcán significaba algo más. Mágico.

Algo me pasó.
Sentí que algo de esa erupción que ese volcán alguna vez tuvo tenía que ver conmigo.
Algo del pasado.

Después de una erupción pueden crecer flores entre las piedras.
Entre medio de cuatro volcanes, estaba yo. Lista para lo que venía.

Y así fue.
- La sociedad de la perfección
- Lo Diferente y lo torcido
- Lo estético y lo hegemónico 
- En el fondo siempre quise ser distinta.


Todavía me sigue apuntando un dedo acusador. Ese que te pregunta: ¿qué te pusiste? ¿estás gorda?
Ese que no pregunta, acusa. Con juicio, sin amor. Las preguntas, de a poco, empezaron a formar parte de mi.

Empecé a hablarme así. A corregirme. A esconderme.

Me llaman la atención las cosas perfectas y pulcras, que al mismo tiempo veo vacías. No soy eso.

Soy el cisne negro. Somos el cisne negro.
- La belleza artificial 
Proyecto en desarrollo
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